De una en una, estas pequeñas infracciones parecen banales: un día se nos olvida poner el teléfono en silencio y, de pronto, la canción más popular de los setenta resuena en la sala de juntas. Otro día pedimos un delicioso sándwich de roquefort o queso cabrales para comer, sin darnos cuenta de que el compañero de la mesa de al lado siente arcadas al oler el queso. Y, quizás, otro día los ojos se nos van hacia el monitor del ordenador, mientras uno de los socios de la empresa nos relata con todo detalle los problemas que atraviesa su relación.
Tal vez no parezcan más que unos despistes sin importancia, pero pueden dar lugar a grandes rencores entre personas que trabajan juntas.
"Esto funciona como un matrimonio: son los detalles lo que te acaba irritando y haciendo estallar al cabo del tiempo", explica Jacqueline Whitmore, fundadora de EtiquetteExpert.com y autora de Business Class.
Christine Pearson, catedrática de gestión en la Thunderbird School of Global Management de Glendale (Arizona) y coautora del libro The Cost of Bad Behavior, (El costo de portarse mal), afirma que el 96% de los estadounidenses dice que padece los malos modos de los demás en el trabajo y el 48% afirma que recibe un trato descortés al menos una vez por semana.El descuidar las formas puede afectar directamente a los beneficios de la empresa. Según los estudios realizados por la propia Pearson y sus colegas, un 48% de los empleados que no son tratados debidamente han reducido intencionadamente su productividad y un 12% afirma que la falta de modales de los demás los ha incitado a dejar sus trabajos. La mala educación en el lugar de trabajo les cuesta a las empresas cerca de 50.000 dólares estadounidenses por trabajador. "Los costos de unas acciones y palabras desconsideradas, aparentemente sin importancia, pueden ser enormes", añade Christine Pearson.
Sin embargo, hay que saber que la mayor parte de la gente no quiere ser grosera, según afirma Peter Post, director del Emily Post Institute y autor de The Etiquette Advantage in Business (La ventaja de mantener la etiqueta en la oficina).
Según Post, "la mayoría de los empleados no pretende ser grosera con sus compañeros, sólo quieren gustar". El problema, explica, viene cuando las personas dejan de evaluar su conducta desde la perspectiva de otros. La ejecutiva de cuentas que puede desconectarse fácilmente de las conversaciones de sus compañeros probablemente no se dé cuenta de que habla tan alto que la oyen dos plantas más abajo. Por su parte, a ella le pone furiosa llegar a la cocina y ver los platos sucios del director de TI: "¿Este tío se cree que soy su madre?". Pues no, no lo piensa, dice Post. "Está pensando: "Los lavaré en un rato, porque así funciona mi cerebro". Se trata de un caso en el que dos personas tienen una opinión contraria de lo que significa comportarse correctamente", explica Post.
Mucha presión, poca educación
Malentendidos como éste surgen ahora porque muchas empresas se diseñan con plantas de un solo espacio o con cubículos. "Trabajamos en espacios cada vez más estrechos, escuchamos las conversaciones de otras personas y olemos la comida de los demás", cuenta la escritora Jacqueline Whitmore.
La tecnología también nos distrae cada vez más. Sara, una directora de relaciones públicas de Overland Park (Kansas), habla de su frustración con un compañero que se pasa las reuniones de departamento enganchado a la BlackBerry. "La implicación es que él es tan importante que estar comunicado con el exterior es más importante que nuestra reunión semanal e incluso que el tiempo de nuestro vicepresidente", se queja.
Por supuesto, el empleado adicto a su Smartphone probablemente no se ha dado cuenta de lo grosero que resulta. Por el contrario, seguro que está pensando que está haciendo muy bien su trabajo dando respuesta a las necesidades de sus clientes en tiempo real. Beverly Langford, presidenta de LMA Communication y autora de The Etiquette Edge (Al filo de la etiqueta), afirma que las expectativas de que los empleados estén disponibles 24 horas al día, todos los días de la semana, y la variedad de formas de ponerse en contacto con ellos ha hecho que los empleados se sientan muy apabullados y menos preocupados por sus maneras.
"Hoy se nos pide que hagamos más con menos -explica Langford-. La tecnología, que supuestamente tenía que facilitarnos la vida, ha aumentado las expectativas sobre nuestra productividad. Los plazos son más cortos y se nos pide que manejemos múltiples situaciones y tareas."
Una mayor presión y una sobrecarga de información también nos vuelven cada vez más irritables y nos hacen saltar con el compañero que nos interrumpe para plantearnos una pregunta rápida. Según Langford: "Cada vez que hay una interrupción, tenemos que volver a empezar".
Retomar las formas
Post recomienda que, cuando vayamos a hablar con un colega por alguna conducta que nos moleste, lo importante es centrarse en resolver el problema y mantener la relación, en lugar de descargar nuestra ira contra la otra persona o avergonzarla. Hable con esa persona en privado y hágale saber que, si la situación fuera al revés, le gustaría que le hablaran también con claridad. Pregúntele a esa persona si era consciente de que sus acciones podían provocar ese efecto: "¿Sabías que el olor de la pizza de anchoas todos los días puede resultar molesto?". Después, entre los dos pueden buscar las soluciones posibles.
Para asegurarse de que no está volviendo locos a sus compañeros, empiece a estudiar sus propias acciones desde la perspectiva de las personas que tiene a su alrededor. En lugar de escribir un correo electrónico con las abreviaturas que se usarían en un mensaje de móvil, por ejemplo, puede plantearse si el resultado es fácil de comprender para el destinatario. Post sugiere: "Tome las decisiones que contribuyan a reforzar las relaciones, en lugar de aquellas que le resulten simplemente cómodas".
Sin embargo, hasta las personas más conscientes de todo lo que hacen pueden pasar alguna cosa por alto. Por eso, Pearson sugiere hablar con algún compañero próximo acerca de las áreas en las que puede mejorar. Si usted es el jefe, recopile información a través de consultas anónimas entre el personal. También puede contratar a un coach que lo siga a todas partes durante un tiempo.
Y deje de hacer veinte cosas al mismo tiempo, recomienda Pearson. Esa actitud no sólo es insultante para los demás, sino que además no funciona: según demuestran los estudios, hacer demasiadas cosas al mismo tiempo reduce la eficacia y la eficiencia.
Finalmente, no olvide usar palabras clave como "por favor", "gracias" o "de nada". "En muchos casos estamos hablando de pequeños ajustes -afirma Pearson-. Decir simplemente "Gracias, un trabajo estupendo" puede marcar una diferencia crucial."
Fuente: Forbes / Yahoo
Por: Sara Eckel





