De una en una, estas pequeñas infracciones parecen banales: un día se nos olvida poner el teléfono en silencio y, de pronto, la canción más popular de los setenta resuena en la sala de juntas. Otro día pedimos un delicioso sándwich de roquefort o queso cabrales para comer, sin darnos cuenta de que el compañero de la mesa de al lado siente arcadas al oler el queso. Y, quizás, otro día los ojos se nos van hacia el monitor del ordenador, mientras uno de los socios de la empresa nos relata con todo detalle los problemas que atraviesa su relación.
Tal vez no parezcan más que unos despistes sin importancia, pero pueden dar lugar a grandes rencores entre personas que trabajan juntas.



Artículos


